Sentadas frente a frente, con la complicidad que solo dan los años de compartir silencios y canciones, miro a María y no puedo evitar pensar en el torbellino que ha sido su vida últimamente.
Recuerdo cuando el recital músico-poético “Por si volvieras” era apenas una semilla, y ahora verla pisar escenarios que antes solo habitaban en sus sueños, conectando con multitudes tanto en lo presencial como en lo virtual, me hace preguntarle casi por instinto cómo se siente ante este ascenso vertiginoso.
Ella sonríe, con esa paz que la caracteriza, y me confiesa que lo vive como un premio de la vida. Para ella, haber tenido la valentía de no rendirse ante las presiones de una industria que exige disfraces, y haberse atrevido a lanzar un álbum grabado en una sola toma, frente al público y de la manera más honesta, es hoy su mayor recompensa.
Me dice con firmeza que no tuvo que irse de ninguna parte para volver a sí misma; siempre estuvo ahí, pagando el precio de creer en su creación aunque por años no le diera para vivir. Que el público haya llegado a ella es la confirmación de que la emoción, el dolor y la esperanza siguen siendo el lenguaje más humano que podemos compartir.
A lo largo de la charla es imposible no detenerse en la esencia de “Por si volvieras”. Es un encuentro crudo con el amor, el desamor y esa soledad que queda tras un rompimiento, pero que al final, te devuelve a ti misma.
Le pregunto qué pasa por su mente cuando tantas personas se le acercan para decirle que se ven reflejadas en sus poemas y en esa pasión desbordada con la que interpreta cada palabra.
María suspira y admite que es una emoción difícil de gestionar. Ha tenido entre sus brazos a personas atravesando duelos imposibles, como la pérdida de un hijo o enfermedades terminales, y saber que su música les da consuelo es un regalo que valora profundamente.
Sin embargo, confiesa con vulnerabilidad que sigue siendo tan permeable al dolor ajeno que a veces su cuerpo colapsa tras los encuentros; “es el precio de entregarlo todo, de dejarse tocar por la energía del otro hasta las últimas consecuencias”.
Quienes la han acompañado desde los inicios de este recital han sido testigos de su metamorfosis. Ya no es el mismo de la primera vez; ha evolucionado hasta convertirse en un verdadero ritual.
María explica que cada objeto y cada palabra en el escenario forman ahora un altar al amor que ya no está, un espacio donde se reza —como dice uno de sus poemas— para que el milagro de dejar de doler ocurra finalmente.
Esa madurez se sintió con fuerza el pasado 20 de noviembre en El Lunario del Auditorio Nacional. Aunque para la industria un “Sold Out” en ese recinto es un hito de prestigio, ella asegura que su entrega es la misma en cualquier foro donde exista un encuentro humano.
Cuenta con entusiasmo que, tras el éxito en la Ciudad de México, tuvo una fecha en Campeche que fue igualmente mágica, reforzando su idea de que no es el lugar, sino esa energía compartida con el público lo que hace que cada noche sea única.
Mirando hacia el futuro, el cierre de 2025 y el horizonte de 2026 lucen luminosos. “Campeche siempre se queda con mi corazón y pronto volveré a la capital del país para grabar las canciones de mi próximo álbum de estudio”.
Para 2026, las sorpresas no paran: vienen textos nuevos, más ciudades, acuarelas y más arte, aunque asegura que seguirá presentando “Por si volvieras” porque esa conexión sigue viva.
Al tocar el tema de la inmediatez de las redes sociales y la presión del algoritmo, María es segura al contestar que no pelea esa batalla. “Si me pongo a pensar si tengo más o menos oyentes, perdería la calma y la paz, que son los cimientos de mi vida. Prefiero cuidar mi alma y la de los míos, manteniéndome en lo real: el amor, el trabajo y la ternura”.
Al final, la charla deriva en los que vienen detrás, especialmente en las mujeres jóvenes que intentan abrirse paso. Su consejo es simple pero poderoso: “que lo hagan, que compartan, pero sobre todo, que cuiden su silencio interior”.
Dice que el miedo nace del ruido de afuera y que es preferible equivocarse rápido y levantarse que vivir una vida que no esté alineada con los valores espirituales.
Antes de despedirse se le pide que haga un balance de este 2025 que ya se escapa. Se queda pensativa un momento y la palabra que brota de sus labios es “agradecida”.
Asegura que está en paz con su familia, su salud y su espacio creativo en orden.
Y es que, al verla, entendemos que María no solo canta canciones; ella construye refugios.
Me quedo con una frase que resonó en el aire y que resume su esencia actual: “Si no vivimos como queremos, sin importar lo que logremos conseguir, nunca nos sentiremos plenos”.
María San Felipe ha elegido la plenitud, y en ese camino regala a todos una brújula para encontrar nuestro propio corazón en medio de la tormenta.— Renata Marrufo Montañez




