Durante más de 31 años, Don Pablo Eduardo Palomino Ávila recorrió en silencio los pasillos, aulas y patios de la escuela Mártires de Chicago. Fue el intendente del plantel, pero para varias generaciones de alumnos y maestros fue mucho más que eso: fue un rostro conocido, una presencia constante y parte de la historia de la escuela.
Hoy, entre aplausos, risas, música y lágrimas, la comunidad educativa le dijo adiós a quien durante décadas se encargó de mantener cada rincón en orden y, sin saberlo, también de custodiar los recuerdos de cientos de niños que pasaron por esas aulas.
Cada pupitre que quedó limpio gracias a sus manos, cada patio cuidado y cada espacio de la escuela guardan un pedacito de sus 31 años de trabajo. Don Pablito fue testigo de historias, travesuras, aprendizajes, despedidas y nuevas generaciones que crecieron entre los mismos muros que él cuidó durante tantos años.

Los maestros destacaron que no despedían solamente a un trabajador, sino a un verdadero pilar de la institución, alguien que dejó una huella imborrable entre quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.
Durante el homenaje realizado en la explanada, los grupos de alumnos prepararon presentaciones especiales: cantaron, declamaron poemas y bailaron para agradecerle tantos años de entrega.

Pero el momento más emotivo llegó cuando, de manera sorpresa, apareció un mariachi. La música llenó la escuela y puso a bailar a alumnos y maestros, mientras Don Pablito, visiblemente emocionado, no pudo contener las lágrimas ante tantas muestras de cariño.
Para cerrar el homenaje, cada alumno se acercó para entregarle una flor. Algunos pequeños también llevaron regalos que Don Pablito recibió con una sonrisa y profundo agradecimiento.
Así, después de 31 años de servicio, Don Pablito cerró un capítulo de su vida dejando algo que no se jubila: el cariño y los recuerdos de varias generaciones que siempre lo recordarán como parte de su escuela.




